Ébola en España: crónica de una chapuza anunciada

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Un conjunto de incompresibles irregularidades pone entre las cuerdas a la capital de España, después de que Teresa R.R contrajese ébola con motivo del contacto de la enfermera con los dos religiosos fallecidos por este virus en España.

Por Alexandra Gil

La ausencia total de transparencia ha liderado el ya mundialmente conocido como el último error garrafal del Gobierno en materia de sanidad. Tampoco en escurrir el bulto vamos mal servidos. Escuchar a los expertos nunca fue una opción encima de la mesa de la cómoda oficina de Ana Mato. La (contra toda lógica) todavía ministra de Sanidad asiste como mera oyente al circo mediático desatado como consecuencia de una irresponsable tozudez que hoy nos regala un titular traducido ya en todos los idiomas imaginables : “Primer paciente de ébola contagiado y diagnosticado en España y Europa”.

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La comunidad científica, ignorada

Como José María Landete, Doctor en Ciencias Biológicas y Especialista en Microbiología, gran parte de la comunidad científica mostró su rotunda oposición al tratamiento de Miguel Pajares y García Viejo, los dos religiosos contagiados de Ébola en Sierra Leona y Liberia respectivamente. Landete ha solicitado la dimisión de la ministra de Sanidad, como también lo ha hecho Twitter en su conjunto, a través de un mensaje que pone en evidencia la falta de comunicación entre el Ejecutivo y los especialistas en la materia. “No existe vacuna contra el ébola. España no dispone de ningún hospital de nivel de seguridad P4 [ndlr : el requerido para dicho virus]. A pesar de que cualquiera de estos motivos por sí solos sería suficiente para no traer pacientes infectados de ébola, el Ministerio de Sanidad trajo a los pacientes y al virus”, reza el texto.

Desoyendo el asesoramiento de los expertos, el Gobierno daba el pistoletazo de salida a un sinfín de desaciertos (que ya podemos tildar de negligencias) dejando tras de sí un caos sin precedentes en materia de sanidad. La falta de preparación para acoger a un enfermo de ébola se dibujaba en el horizonte como el común denominador de la anarquía que estaba por venir.

“El traje de seguridad me quedaba corto”

Juan Manuel Parra, médico adjunto de urgencias del Hospital de Alcorcón, fue el encargado de asistir a Teresa Romero, la auxiliar de enfermería que trató a ambos religiosos cuando el Ejecutivo decidió proporcionarles asistencia sanitaria en un centro carente de la preparación necesaria. Parra subraya hoy claras lagunas en el procedimiento a seguir para atender a un paciente víctima del mortal virus del Síndrome Hemorrágico. La deficiencia de medios para tratar el ébola, denunciada por una interminable lista de expertos en la materia y por el propio médico como testigo directo del modus operandi, se une así a una paupérrima puesta en marcha del 'protocolo', uno de los términos más alardeados en los últimos días.

El “protocolo”

La técnico sanitaria del Hospital Carlos III de Madrid, hoy mártir mediático del último resbalón del Ministerio de Sanidad, avisó al hospital el 29 de septiembre de su malestar, pero el protocolo debía ser seguido al pie de la letra. No tenía la fiebre que dicta el posible contagio de ébola. No obstante, sí alcanzó esta temperatura el día 2 de octubre, y así lo informó al centro hospitalario : 38,6 de fiebre, factor que no le dio el pasaporte al aislamiento hasta el día 6 de octubre.

Por si el conjunto de ineptitudes demostradas hasta el momento no fuera suficiente, los dos operarios encargados de trasladar a Teresa Romero hasta el Hospital de Alcorcón ignoraban que se trataba de una enfermera expuesta al virus de ébola días atrás. También desconocían que su alta temperatura respondía a un posible contagio, a pesar de que la técnico de enfermería así lo había especificado durante sus múltiples llamadas. Safe Eurolimp, la empresa de ambulancias encargada del traslado de pacientes, recibió una única directriz : “Transportar a una mujer al hospital”.

Puesto que el dispositivo digital K8 descartaba que la paciente en cuestión mostrase síntomas de haber contraído ébola, se optó por una ambulancia convencional y no por una UVI adecuadamente equipada para trasladar a enfermos con riesgo de contagio. Guantes, mascarilla y bata de papel fueron los únicos aliados del camillero encargado de entrar en casa de Teresa el día de su hospitalización. El Centro Coordinador de Urgencias (CCU) de Sanidad recibía minutos después una llamada en la que éste alertaba de la seguridad de la paciente : decía haber contraído ébola. La respuesta fue contundente : el plan seguía en pie, se debía trasladar a la paciente al Hospital de Alcorcón. A pesar de haber insistido de nuevo en la ausencia de nuevas instrucciones tras dejar a Teresa en dicho centro, ninguno de los dos sanitarios recibió orden alguna hasta 12 horas después : aparcar y desinfectar la ambulancia. Para ese entonces, ésta ya había acogido y trasladado a siete pacientes.

El perro, las vecinas de Alcorcón y la entrevista con “la contagiada”

Después del incomprensible episodio del sacrificio de Excalibur, el perro de la enfermera, llegaba la persecución de la primera víctima de la irresponsabilidad del Gobierno. Los vecinos del inmueble de Teresa conocían la fatal noticia con la llegada de la prensa, que sin tacto alguno creaba la alarma social entre los allí presentes, como nos dejó ver un vídeo firmado 'El Confidencial'. Un seguimiento mediático carente de toda moral, a juego con el comportamiento de los portavoces del Gobierno que hasta ahora se han pronunciado sobre un desastre que ha puesto en riesgo la seguridad nacional. La edición digital de 'El Mundo' se vanagloriaba así en su portada de este miércoles : “Entrevista desde el módulo de aislamiento del Carlos III a la enfermera infectada con ébola”. Una incómoda llamada telefónica que termina con la voz rota de la paciente, rogando descanso. Deber de informar o voyeurismo carente de deontología, la guerra de los clics no había hecho más que empezar.

Teresa se convertía en cuestión de minutos, no solo en un trabajador enfermo al que el Ejecutivo intentaba poco a poco culpar del contagio atreviéndose a asignarle 'imprudencias', sino en una triste celebridad cuyos pasos eran seguidos por las cámaras de todo el país. Desde su inmueble hasta el centro de salud, pasando por la peluquería “donde fue a depilarse después de ir al médico; tan mal no estaría”, en palabras textuales (no exentas de cierto rintintín acusador) pronunciadas por Javier Rodríguez, Consejero de Sanidad de la Comunidad de Madrid.

Después de todo, quizá España no estaba preparada.